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La muerte en el México prehispánico Imprimir E-mail
Jueves, 15 de Octubre de 2009 16:00
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Día de muertos. Fiestas indígenas

La muerte en el México prehispánico

La muerte en el México prehispánico En México, las ceremonias rituales dedicadas a los muertos se practican, desde antes de la llegada de los españoles a tierras mesoamericanas, el culto data por lo menos desde 1800 antes de nuestra era.. Dentro de la cosmogonía de las culturas del centro de México, se encontraban las fiestas para la celebración de los muertos. La muerte fue, para muchos de los pueblos mesoamericanos, de gran importancia dentro de su sistema de creencias. Al respecto algunas fuentes como Fray Durán, Torquemada, Sahagún y Krickeberg, señalan que en el calendario mexica el cual constaba de 18 meses, los meses noveno y décimo denominados Tlaxochimaco y Xocolhuetzi respectivamente, estaban dedicados a la celebración del día de los muertos chiquitos, el primero y de los grandes, el último.

Jurado y Camacho en su tesis sobre el Xantolo, nos dicen que son 8 los meses en el calendario azteca que estaban relacionados con festividades en honor a los muertos, estos meses eran el quinto, llamado Toxcatl; El noveno llamado Tlaxochimaco o Miccailhuitzintli que así se denominaba entre los tlaxcaltecas y otros grupos; el décimo mes llamado Xocolhuetzin o según Torquemada, también recibía el nombre de Hueymiccailhuitl entre los tlaxcaltecas; el onceavo mes denominado Ochpaniztli; el siguiente llamado Teotleco; el treceavo mes recibía el nombre de Tepeilhuitl donde las fiestas estaban dedicadas a las personas ahogadas; Quecholli era el mes que se festejaba a los dioses del "infierno", en estas fiestas hay referencias de rituales sobre los sepulcros. Cabe mencionar que esta festividad coincide en fecha con la de Todos Santos y los Fieles Difuntos del calendario cristiano. Por último está el mes de Panquetzaliztli el cual coincidía con el solsticio de invierno.

Entre los antiguos mexicanos se creía que la vida de todo hombre estaba constituida por tres fluidos vitales: el Tonalli localizado en la cabeza; el Ihiyotl, asentado en el hígado; y el Teyolía, cuyo centro era el corazón. Cuando la muerte acontecía, estos tres elementos se separaban. Entonces, el Teyolía o alma, tenía la posibilidad de ir a dos regiones, localizadas más allá del mundo real, en atención a la forma en que se había muerto o al grupo social de pertenencia.

La muerte en el México prehispánico Los mexicas suponían que había tres lugares a donde se dirigían los difuntos según el tipo de muerte y no por la conducta en esta vida. Así, tenemos que el lugar denominado Mictlán o Xiomoayan, lugar de los muertos descarnados o inframundo, era concebido como un lugar poco favorable donde se iban las almas no elegidas por los dioses, quizás por eso los españoles le dieron la traducción de infierno. Este lugar estaba conformado por nueve planos o pisos terrestres los cuales eran recorridos por los difuntos para poder llegar al noveno y último piso, que era el lugar de su eterno reposo denominado "obsidiana de los muertos".

El segundo lugar llamado Tlalocan o "paraíso de Tláloc". El tercer lugar estaba conformado por Cihuatlampa y Mocihuaquetzque, también conocido como cielo, ya que los difuntos iban donde se encuentra el sol. Se pensaba que tenían que pasar cuatro años del deceso para que el muerto llegara al noveno inframundo y alcanzara el descanso definitivo.

Los mexicas tenían dos tipos de ritos funerarios: la cremación y el entierro. Los muertos comunes se incineraban. Se les envolvía con telas en posición fetal y se les ponía una máscara. Las cenizas se guardaban en una urna y se les ponía un trozo de jade, como un símbolo de la vida. El entierro estaba destinado a los altos funcionarios y a los soberanos. Se les ajuareaba lujosamente con joyas y máscaras funerarias y en la boca se depositaba una piedra de chalchihuite que reemplazaba al corazón verdadero.

Las obras de la producción material de las divinidades prehispánicas revelan la existencia milenaria de una profunda preocupación por la muerte. Los registros arqueológicos más antiguos muestran que el universo imaginario de los muertos seguía pautas ordenadoras desde los inicios de la civilización mesoamericana. En las sociedades de mesoamérica los conceptos de la muerte debieron ser indispensables, la subsistencia de los cuerpos sociales dependía de la muerte misma y de su imposición a otros grupos a través de la guerra.

El simple acto de morir fue motivo de creación artística. El ritual de los primeros tiempos ha sido olvidado, junto con su música y su danza; pero quedaron los objetos materiales resistentes, las ofrendas que acompañaban a los muertos con fines utilitarios: vasos, ollas, vertederas, cazuelas han sido encontradas en los entierros.

La muerte en el México prehispánico Con estilos propios estas culturas dedicaron talentos artísticos para cubrir necesidades ideales postreras: el ajuar que los muertos requerían para su estancia en el sitio del universo que les correspondía iba de acuerdo a las jerarquías, ocupaciones, formas de morir, etc., lo que produjo gran variedad de objetos. Las ofrendas más antiguas así lo sugieren, no debió existir un dios de la muerte al que se pudiera distinguir por la repetición iconográfica de sus atributos; aunque la presencia de seres descarnados demuestra que no fueron pocos los esfuerzos invertidos para responder metafísicamente al hecho de morir. Lápidas y figurillas, cuyo significado cabal se ha escapado, son los testimonios mudos de aquellos afanes.

Durante el periodo clásico, hacia el primer milenio de nuestra era, las representaciones de cráneos esculpidos como el marcador de piedra teotihuacano, indican que la muerte fue pensada como símbolo de espacio y de tiempo: punto de ubicación de los rumbos del universo y signo calendárico, quizá señaló el extremo limítrofe del cosmos.

Las necrópolis mayas y sus monumentos funerarios relacionan a la muerte con el poder político. La tumba de Palenque y las figurillas de corte naturalista de jaina implican una muerte desigual: los poderosos se ligaban a las fuerzas cósmicas hasta con el acto de morir; la justificación de sus actos en vida no daba márgenes en la duda; debían ser obedecidos, adorados y conmemorados como partes del engranaje metafísico.

El periodo posclásico dejó huellas objetuales más considerables. Dioses y Diosas descarnados, abundantes en piedra, barro y pinturas, indican un pensamiento que no escondía de la muerte útil. Los sacrificios humanos eran tan importantes a la religión como a la economía; la muerte y sus símbolos se multiplicaron como señales inequívocas de ser parte terrible de la vida productiva.

De acuerdo a la leyenda de los soles y la creación del hombre, los seres humanos actuales fueron hechos de los despojos de los muertos en etapas anteriores. Quetzalcóatl, dios celeste, bajó al Mictlán, inframundo habitado por el dios descarnado Mictlantecutli, para buscar los “huesos preciosos”. Luego de molerlo, Quetzalcóatl se sangró junto con varios dioses; nació el hombre, por cuyos sacrificios vivirían las divinidades. La teogonía india no sólo explicaba el origen del universo y del hombre, sino que regía las conductas humanas en todo momento.

El agua era elemento nodal en las culturas mesoamericanas se utilizaba en los ritos del nacimiento, muerte fecundidad, supervivencia; el líquido era vehículo propiciatorio. El inicio y el final de la vida humana se sellaba con agua. Hacía resplandecer el corazón al nacer; purificaba y fluía, sustentaba y apoyaba al hombre. En la muerte lo despedía. El cuerpo se incineraba, pero el alma, la otra parte de la naturaleza humana, viajaba al sitio final, límite del cosmos y espacio de la divinidad.

La muerte en el México prehispánico De acuerdo a la manera de morir el alma encontraba su destino: al Tlalocan, paraíso del dios de la lluvia, se dirigían los ahogados, hidrópicos y los ofrecidos al dios; acompañaban al sol Huitzilopochtli las mujeres muertas en parto y los guerreros caídos en la batalla o en la piedra del sacrificio; al Mictlán, lugar común de los descarnados, iban quienes fallecían por cualquier otra causa.

El viaje al Mictlán era largo: cruzaba un río, atravesaban dos cerros que chocaban entre sí y luego el camino de la culebra, el de la lagartija verde, los ocho páramos, los ocho collados, el lugar del viento de navajas de obsidiana y el río Chiconauapan, hasta llegar al noveno nivel del inframundo, el Mictlán. Un perro guiaba el alma del muerto, al cabo de unos años, el alma, como el recuerdo de los vivos, se disolvía.

La muerte era parte del cosmos sin cargas morales. Simplemente era. Su representación estaba obligada en cualquier acto trascendente de la vida individual y social, no sólo durante las ceremonias a los dioses o en los deberes para con los difuntos.

 

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Última actualización el Miércoles, 19 de Octubre de 2011 16:57
 
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