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| La muerte en la Música y la Danza |
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| Jueves, 15 de Octubre de 2009 15:00 | |||
El potencial fertilizador de la muerte es una concepción compartida por varias culturas indígenas de México. En esta ocasión también fuimos alcanzados por su fuerza germinal. Gracias a ella varias instituciones y colegas nos vimos compelidos a pensarla como un tema que nos condujera a trabajar, paradójicamente, en pro de algo tan vivo como es la música y la danza de los pueblos indios de nuestro país. La muerte misma sirvió de acceso para que un público urbano tuviera la oportunidad de aproximarse a estas expresiones musicales y dancísticas tan cercanas y tan lejanas al mismo tiempo, pues siendo parte de nuestra herencia cultural, no tenemos plena conciencia de su trascendencia histórica y de su alto valor artístico. Abrir los escenarios para su proyección es una manera de contribuir a su entendimiento y justipreciación, además de brindar un reconocimiento social a los portadores de esta sabiduría milenaria. El fonograma es una prueba fehaciente de los distintos rostros sonoros de la muerte. En cada región y cultura se va delineando una configuración particular, un rostro propio, de tal manera que es imposible intentar obtener una versión homogénea de la fiesta de los muertos, o pretender que en todo el país la parca es mirada de la misma manera. Por el contrario, mostrar la pluralidad de expresiones musicales y dancísticas, contribuye a romper con los estereotipos de moda difundidos por los mass media y reforzados por las campañas publicitarias cuyo objetivo es hacer de esta celebración una temporada de ventas, en donde la mercantilización y el consumo masivo de productos aumente el beneficio económico de las grandes empresas y corporaciones. La celebración de la muerte es, entre la mayoría de los pueblos indígenas de México, un acontecimiento altamente significativo, parte de las formas de representación de las poblaciones no indígenas. En muchos casos se relaciona más bien con el culto a los propios ancestros, a quienes la muerte ha mimetizado en seres divinos intercesores de los hombres ante los dioses. Así, la fiesta de los Fieles Difuntos y de Todos los Santos puede interpretarse como la apoteosis de un ciclo de conmemoración a los parientes difuntos. Es un momento culminante en donde los lazos familiares y sociales son venerados, un espacio de fusión entre la familia y la comunidad. En estos lapsos festivos es fácil percibir que las fronteras entre ambas instituciones son meramente operativas: la Fiesta de los Muertos trasluce la unidad que en el fondo siempre han conformado. En otras concepciones, los muertos son la representación de los vientos del norte que llegan anunciando un cambio de estación. Son portadores del frío y las heladas, pero también portan un potencial fertilizador con el cual lograrán que la tierra renueve su capacidad reproductora haciendo posible el próximo ciclo de siembra. Los vientos del norte son peligrosos, pueden traer enfermedades para los pobladores; por ello es necesario respetarlos y ofrendarlos. El hecho mismo de representarlos simbólicamente a través de los característicos atavíos asignados en cada cultura, aminora su virulencia y los torna seres capaces de barrer y llevarse las envidias, el mal de ojo y otras entidades patológicas. Así, los ancestros funcionan a la manera de la lógica homeopática. Sus representantes, hombres disfrazados de ancestros, tienen el poder de barrer las enfermedades, por tal razón las madres llevan a sus hijos ante ellos para que les hagan una “limpia”. Pero su capacidad no se reduce exclusivamente a dar un beneficio personal. La presencia de los muertos crea un lapso temporal para que los conflictos de las comunidades sean proyectados, intensificando las relaciones entre grupos domésticos y poblaciones. De esta manera se exorcizan las fuerzas desintegradoras de las estructuras y organizaciones sociales.
En otros casos, la música juega un papel primordial para lograr que los muertos puedan llegar a su morada final, como ocurre en las culturas indígenas del sur de Veracruz. Para los difuntos, la falta de ejecución de los Sones de Muertos traería como consecuencia el riesgo de quedarse en el camino sin llegar a su meta final y, consecuentemente, permanecerían vagando en este mundo por toda la eternidad. En este ejemplo se manifiesta claramente que la música y la danza no son simples acompañantes de un acto de sacralización; su ejecución debe entenderse como un acto ritual altamente significativo, con una eficiencia simbólica muy bien definida. Cada son ejecutado va inserto en un orden determinado y homologa el viaje de los difuntos. De esta manera, los vivos pueden seguir las peripecias de las ánimas en su tránsito al otro mundo. En algunos pueblos existe la concepción de que si los familiares fallecidos se “revelan” con relativa frecuencia a los vivos o son soñados constantemente, es porque los difuntos no han podido concluir el viaje a su última morada, ya sea por una ausencia de los rituales pertinentes o por su inadecuada realización. Una de las causas posibles, por ejemplo, es el llanto exagerado de los familiares que no permite a las almas de los recién fenecidos que se vayan definitivamente. El dolor profundo causado a los seres queridos es una traba para desprenderse del mundo de los vivos. Por ello no se debe llorar en demasía. Por otra parte, el ritual de “Velación y Levantamiento de la Cruz” en la Huasteca, es un rito de paso de gran importancia, pues tiene por finalidad hacerle ver a la “sombra” del “muertito” que ya no pertenece al mundo de los vivos. La falta de este ritual tiene como resultante que el fallecido no tome conciencia de su muerte, aferrándose así a este mundo. Aquí la música es indefectible y ayuda a sacralizar el tiempo y el espacio, además de constituir un vehículo a través del cual los significados relativos a la muerte se hacen presentes y se reactualizan durante la fiesta de Todos Santos. La música y la danza permiten la expresión de la muerte, o tal vez sería mejor decir que es ella la que utiliza las expresiones artísticas para hacerse presente y recordarnos que, ante su inevitable mirada, las diferencias sociales y culturales se diluyen brutalmente. Pero para los pueblos indígenas la muerte es más que eso, su celebración es un vehículo conducente a los tiempos primigenios en donde se creó el mundo a partir del eterno caos cósmico. Los “antiguos” ahora pertenecen a ese tiempo y espacio sagrados, a ese universo mítico que da sustento a la cultura; ellos han pasado a formar parte del imaginario social que permite pensar, sentir y actuar en el mundo. La fiesta de los muertos es la escenificación de los mitos guardados durante siglos en la memoria colectiva de las culturas indígenas, es decir, en el verdadero hábitat de los “abuelos”. Ellos no descansan, continúan trabajando para beneficio de sus comunidades trayendo lluvia, bendiciendo cosechas, y año con año, en algunos lugares, toman prestados los cuerpos bulliciosos de los jóvenes disfrazados para revivir la antigua palabra a través de la música, a través de la danza. Gonzalo
Camacho Díaz
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| Última actualización el Lunes, 19 de Octubre de 2009 04:55 |