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| Niños y Niñas indígenas |
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| Miércoles, 28 de Abril de 2010 18:00 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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El juego de imitar a los adultos en los pueblos indígenas se fundamenta en la noción del prestigio, y de ninguna manera es arbitrario u ocasional; es un sistema instituido sobre bases firmes y fuerte tradición; posee normas acordadas y explicitadas socialmente. Por dicha razón se transmite de generación en generación, a condición de seguir vigente para dar continuidad a la cultura. Al respecto, recordemos las carreras de los niños rarámuris, la iniciación en la cacería de aves que organizan los niños hñahñü; la elaboración de muñecas de trapo entre las niñas tzeltales, tzotziles o mazahuas; los collares de semillas que confeccionan las jovencitas lacandonas; las niñas alfareras purhépechas de manos delicadas o bien las hábiles niñas tejedoras de palma de la mixteca baja oaxaqueña.
Los pueblos indígenas son sociedades muy integradas, por lo cual resulta difícil hablar en particular de la música, de la danza, de la estética, de la ética, de normas sociales y de ocupaciones y cargos comunitarios como áreas diferenciadas de la actividad humana y de la vida misma. Todas ellas se articulan, determinan y confluyen a la vez. Muchos de los mitos, costumbres y ritos de los que se derivan las danzas, el canto y en buena medida la música, se fundamentan en ciclos esenciales según estén simbolizados los códigos en cada unidad social y, por tanto, están íntimamente relacionados con actividades, tareas, normas y valores que han permitido caracterizar a cada sociedad. Es por ello que el juego infantil articula por lo menos cuatro elementos: la transformación práctica de un objeto o elemento con base en el juego-trabajo (pensemos en un instrumento musical), el conocimiento, la orientación valorativa y la transmisión de información colectiva en mensajes particulares.
Otra referencia de la interrelación de elementos disímiles (en apariencia), que funcionan como conductores de la socialización primaria, lo detectamos entre los tenek; las maracas que elaboran los niños con calabazos y madera, la carga simbólica que se le confiere al instrumento musical, la presencia de los frutos (bules o tecomates) como parte del entorne natural y la concepción religiosa que de ellos se tiene en la comunidad, son inseparables de las creencias y prácticas rituales, las que tienden e reelaborarse en formas estéticas, ya sean en enunciados corporales, sonoros o de otra naturaleza.
La línea pedagógica y el auxilio didáctico con los que cada sociedad afronta el proceso de la enseñanza de la música y de la danza, están conformados por infinidad de aspectos y elementos, no siempre determinantes, armónicos o coherentes a nuestro entendimiento. En el interior del complejo mundo indígena, un individuo a lo largo de su vida desempeña diversas funciones comunitarias: puede fungir a la vez como autoridad tradicional o política, trabajar la tierra, elaborar objetos de arte indígena, ser un relator de la historia, curandero, mayordomo, maestro de música, o quien transmite los conocimientos míticos, rituales y coreográficos de una danza. A las mujeres y hombres que guardan celosamente dichos saberes, tan sólo les basta el reconocimiento de su pueblo y el sentirse congratulados con los santos para empeñar buena parte de su existencia en la tarea de enseñar las tradiciones a las nuevas generaciones. Este servicio comunitario se solidifica en sus propias figuras locales, de modo que los actores-eje configuran una estructura esencial, que se institucionaliza formalmente para dar respuesta a la necesidad de la continuidad cultural de un grupo, y en particular determina los modelos de acción colectiva por los cuales los niños acrecentan su acervo de conocimientos, nociones, técnicas y representaciones estéticas.
A diferencia de lo que ocurre en la educación académica occidental, el aprendizaje entre los indígenas nunca parte de cero, sino que se entiende como un proceso dinámico, que en muchos casos inicia desde el período prenatal y se desarrolla a la par con el crecimiento físico del. individuo, de tal manera, todo nuevo conocimiento se integra, articula y refuncionaliza de acuerdo a la historia particular de la persona. En el desarrollo del proceso de enseñanza-aprendizaje interactúan maestros y alumnos guiados por las expectativas que de ellos tiene la comunidad y bajo las formas y códigos que demanda la práctica misma. Por todo lo anterior podemos afirmar que la enseñanza en la sociedad indígena es un proceso organizado y sistemático, orientado hacia la reproducción de la cultura. Los niños desde muy pequeños están inmersos en un ámbito cognoscitivo (microcosmos) que les permite socializarse y al mismo tiempo insertarse en los esquemas de conducta, y de ahí, participar tempranamente en las actividades propias de las representaciones culturales. En casa y en su extensión más próxima, que es la propia comunidad, el niño vive su crecimiento, el desarrollo de sus sentidos y el aprendizaje de la música y la danza; por lo cual entra con mayor facilidad a dichos sistemas de conocimiento y a la adaptación de las técnicas físico corporales requeridas para ello.
Para el niño indígena ser músico o danzante es un compromiso de identidad con su cultura, con su comunidad y con su familia; sustentado en antiguas raíces que se refuerzan generación tras generación, por eso, la niñez indígena es el ser de la continuidad del saber. Texto: VI Festival de Música y Danza Indígena
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LIBRO ELECTRÓNICO PARA NIÑOS Pueblos indígenas de México | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||