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Por lo general, cuando se habla de bosques y selvas se tiende a pensar sólo en árboles y en la madera que de ellos se extrae. Esta visión, heredada de una forma más bien “urbana” de ver la naturaleza, así como de los viejos modelos “extractivos” de explotación de los recursos naturales, deja de lado a la mayoría de las especies -tanto animales como vegetales- que, junto con los árboles constituyen lo que genéricamente se conoce como ecosistemas forestales.
En dichos ecosistemas existen un sinnúmero de plantas y animales que, asociados con los árboles de valor comercial para fabricación de tablas o “maderables”, aportan numerosos bienes y servicio ya sea como productos alimenticios, forrajes, para curación, construcción, retención de agua, extracción de materias primas y “principios activos”, o simplemente como refugio de otras especies. Todos estos organismos forman parte de complejas redes de relaciones biológicas, mismas que a su vez crean las condiciones necesarias para el equilibrio y la preservación de los “ecosistemas forestales” en bosques, selvas y semi-desiertos.
Dado que muchas de esas plantas y animales han sido aprovechados históricamente por los pueblos campesinos —tanto indígenas, como no indígenas—, estos han generado sistemas tradicionales de saberes sobre su manejo, uso y propiedades; e inclusive han establecido normas y restricciones para controlar su extracción, buscando y consiguiendo preservarlos para el futuro. Lo anterior no obstante que numerosas especies se comercializan desde tiempos antiguos en mercados regionales, y que una aún relativamente pequeña cantidad de ellas han pasado a formar parte de circuitos comerciales nacionales e inclusive internacionales, como es el caso de algunos principios activos para la fabricación de medicamentos.
Es a esta amplia variedad de individuos animales y vegetales y a los bienes e insumos que se extraen de ellos —aprovechados hoy y con grandes potenciales de aprovechamiento—, y que forman parte de los ciclos productivos, alimenticios, religiosos y en general culturales de los pueblos rurales, a lo que denominamos genéricamente: productos forestales no maderables (PFNM).
En México, un alto porcentaje de las selvas, bosques, matorrales y zonas semiáridas en donde se encuentran los productos forestales no maderables empleados por la población, corresponden a territorios bajo régimen de propiedad ejidal y comunal. Más de tres millones de unidades productivas campesinas, distribuidas entre ejidos y comunidades indígenas y no indígenas, poseen la mitad del territorio mexicano (103 millones de hectáreas), principalmente áreas forestales. Esto significa que son predominantemente los habitantes de dichos núcleos quienes históricamente se han encargado de la extracción, la transformación y la comercialización de los numerosos PFNM que se encuentran en ellos, así como de su conservación. En este amplio universo de experiencias de aprovechamiento y conservación campesina de los recursos naturales, existen ejemplos de especies aprovechadas intensivamente durante cientos de años, sin que esto haya llevado a agotarlas. Resulta evidente que estos casos están sustentados en buena medida en los sistemas de conocimientos tradicionales, y en las formas de organización y regulación del acceso a los recursos naturales que se han dado históricamente muchos pueblos y comunidades.
Sin embargo, hay que reconocer que también existen casos en los cuales, por fuertes presiones del mercado y ante la ausencia o debilidad de formas de organización y regulación comunitaria de los recursos naturales, se han explotado algunas especies hasta casi extinguirse. Esto se ilustra en el caso de la famosa raíz medicinal Ginseng, sujeta a una extracción masiva en el Norte de América a partir de que se dieron a conocer en el mundo occidental sus propiedades curativas. También el caso del barbasco, fuertemente demandado como “principio activo” para la producción de anticonceptivos desde los años setenta, del siglo XX, y sobrexplotado en las selvas del Sur de México durante varios años, hasta que la síntesis de un sustituto en la década de los ochenta terminó con esta situación.
Sin embargo, lo que hoy predomina en la mayoría de las comunidades rurales mexicanas aledañas a las zonas donde aún se conserva un importante patrimonio natural, es una creciente preocupación colectiva por el futuro de dicho patrimonio, así como la permanencia de valores comunales expresados y concretados en las formas de institucionalidad locales, soporte de regulaciones y prácticas de control del acceso a los recursos naturales. Esto, no obstante la presión que el mercado ejerce sobre algunos recursos específicos y sobre el mantenimiento de la diversidad biológica en general, y a pesar de la condición de pobreza en que vive la mayoría de la población de dichas zonas.
Los PFNM, según sus usos
genéricos [2]
A continuación presentamos una clasificación funcional de los PFNM, esto es, por sus usos conocidos en la actualidad. Ésta permitirá hacer una valoración de su importancia utilitaria para los pueblos campesinos, entender cómo su aprovechamiento puede contribuir a la mejora económica de las poblaciones locales y a visualizar el potencial de conservación de los recursos naturales que puede representar su adecuado manejo.
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Alimentos y bebidas para su venta en mercados regionales y nacionales: hongos diversos, mieles silvestres, raíces y tubérculos, numerosas semillas y frutillas, innumerables hierbas, tallos y flores comestibles (por ejemplo la inflorecencia de tepejilote), así como diversos agaves para la producción de bebidas alcohólicas.
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Medicina tradicional: una increíble cantidad de especies vegetales que forman parte de la cultura ‘’herbolaria’’ tradicional de los pueblos campesinos, en cierta medida adoptada en el medio urbano a través de la llamada ‘’medicina naturista.’’
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Instrumentos rituales: numerosos tallos y flores de uso ceremonial, así como cortezas y resinas aromáticas utilizadas en celebraciones solemnes, como el copal; o bien, los casos del musgo y heno usados en los arreglos navideños.
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Especias: caso del jengibre, orégano, diversos tipos de pimientas, canela, cardamomo y anís, por citar sólo algunos de los más conocidos que aún son extraídos de poblaciones silvestres o de plantaciones naturales bajo manejo.
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Insumos industriales: referido centralmente a esencias, colorantes y taninos empleados en la fabricación de perfumes, jabones y alimentos; también una cantidad importante de especies de donde la industria farmacéutica obtiene los ‘’principios activos’’ para medicamentos, anticonceptivos y productos de belleza. Esto sin olvidar casos especiales como el chicle y la goma de hule, extraídos tradicionalmente de las selvas húmedas del sur y sureste de nuestro país.
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Artesanías: raíces, tallos, fibras, hojas, frutos y semillas de numerosas especies que son materia prima para elaborar productos artísticos y artesanales utilitarios. Baste mencionar desde la ‘’cascara de coco’’, hasta los bejucos y carrizos, ampliamente usados en la fabricación de muebles rústicos y en la cestería; las fibras blandas y duras, así como las hojas de algunas palmas (como la soyate, Brahea dulcis, y la Sabal mexicana); el algodón silvestre o ‘’coyhuchi’’ en la industria textil; sin olvidar las lacas y colorantes naturales, y los bellos productos de madera labrada.
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Ornamentales: las orquídeas y muchas otras flores que se comercializan ‘’vivas’’ o secas, así como plantas para venta en maceta. También partes de plantas de uso decorativo. El caso más renombrado es el de las palmas del género Chamaedorea de las selvas húmedas de México, cuyas hojas son ampliamente utilizadas en la confección de arreglos florales. En este rubro, mención especial merece la venta -no siempre legal- de ‘’tierra de monte’’, ampliamente usada en viveros y en la jardinería
Los PFNM representan entonces gran parte de los recursos ecológicos de las comunidades indígenas campesinas, por lo que se propone que para el aprovechamiento de los mismos se tienen que tomar en cuenta los aspectos de tenencia de la tierra (si pertenencen a área comunal o propiedad privada), pues de esto dependerá la accesibilidad a los recursos y su clasificación al interior de la comunidad.
Para esto comunidades han llegado
a establecer reglamentos de acuerdos básicos
sobre el uso de estos recursos, considerándolos
como recursos biológicos colectivos[3]
y han propiciado acciones de conservación y
apropiación de ellos, llevando a la elaboración
detallada de programas de manejo para el caso de PFNM
con posibilidades de un aprovechamiento sustentable
y económicamente viable.
[1] Tomado de Gustavo de la Peña
y Catarina Illsley, “Los productos forestales
no maderables: importancia económica, social
y como estrategia de conservación”, en
La jornada ecológica, 27 agosto 2001
[2] Tomado de Gustavo
de la Peña y Catarina Illsley, op. cit.
[3] CONABIO, Recursos
biológicos colectivos: desarrollo y conservación
en México rural: Principios y criterios del
Programa, 2003. |
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