Parte I. Introducción

 
 

Se estima que en todo el planeta Tierra la economía humana se está apropiando del 25% de toda la producción primaria neta (microorganismos, plantas y animales), generada mediante la fotosíntesis en la tierra y en el mar. [1] En la parte terrestre esta cifra llega al 40%. Sin embargo, esta capacidad de atrapar la energía solar se reduce por la pérdida masiva de la vegetación y la biodiversidad. El crecimiento de la población incrementa las necesidades humanas tanto en recursos como en energía. Se calcula que en dos generaciones más, no habrá energía generada por fotosíntesis disponible para la vida silvestre. Los altos índices de deforestación anual en los países con alta biodiversidad confirmarían esta tendencia. Un síntoma de esta última aseveración sería que una de cada ocho especies de plantas está al borde de la extinción. Por lo menos 34 mil especies de plantas están en peligro de extinción por la reducción del hábitat natural o por la introducción de especies de plantas exóticas a las regiones.

En todos los confines del planeta se presentan manifestaciones de la civilización occidental (modo de vida, producción y consumo, cosmovisión), que acompañan a la economía del libre mercado. A pesar de que la economía de mercado ha sido un instrumento poderoso para el crecimiento económico, hoy en día, también encontramos sus límites para resolver problemas básicos para el desarrollo humano.

Los problemas ambientales, sociales y económicos son atribuibles al estilo de desarrollo al que nuestros países han sido sometidos por la economía de mercado y su consecuente proceso de globalización.

El cambio climático global no se refiere a las alzas o bajas de temperatura que puedan ocurrir naturalmente, sino a aquellos fenómenos que claramente tienen su origen en la actividad humana, como es el aumento sustancial de los gases que no permiten que el calor reflejado por la tierra se disperse (efecto invernadero) en el universo . En la actualidad se ha vinculado la sistemática alteración de la atmósfera (sobre todo por las emisiones de bióxido de carbono resultado de la quema de petróleo y derivados, o bien, de la vegetación) con el calentamiento global, mismo que se estima de 1º a 4 º C en promedio para el final del siglo XXI. La incidencia de desastres naturales se ha triplicado en la década de los noventa, si la comparamos con la de los años setenta y las pérdidas económicas se han incrementado nueve veces. Asimismo, siete de los diez años más calurosos desde 1860 los encontramos en los años noventa del siglo XX. Sin poder correlacionar directamente la mayor incidencia de los desastres naturales con el cambio climático global, tampoco se puede negar que una de las causas probables sea precisamente la alteración de la atmósfera por parte de los humanos desde la Revolución Industrial. Por lo pronto, podemos decir que el origen del cambio climático se encuentra paradójicamente en la base del “progreso” de la civilización actual:

  • Por el uso “controlado” del fuego (energía, principalmente fósil, esto es, no renovable) para el proceso de industrialización y servicios para las ciudades, con las consecuentes emisiones de los gases invernadero, principalmente bióxido de carbono, y la alteración de la composición química de la atmósfera.
  • Por la agricultura y ganadería de escala industrial, que implica el cambio del uso del suelo y la remoción de la vegetación original que ha funcionado como “sumidero” de carbono.

Resulta paradójico que los avances que permitieron la evolución histórica de la condición humana sean justamente los que po-nen en riesgo la supervivencia a mediano y largo plazos. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Am-bien-te (PNUMA), el cambio climático podría ser el principal problema ambiental al que se enfrentará la humanidad en su conjunto en el transcurso del siglo XXI, junto a la sexta gran extinción de las especies ( de cien a 1,000 veces más veloz que todas las demás) disponibilidad de agua de calidad, la acumulación de residuos contaminantes[2], y los procesos de desertificación.

Los eventos climáticos extremos de 1998 causaron brotes epidémicos en todo el mundo. Pero en especial en comunidades indígenas en América Central, en el este de África y en el sudeste asiático, donde sufrieron una incidencia mayor de dengue, malaria y cólera, además de los males comunes que se incrementaron exponencialmente.[3]

Con el estilo de desarrollo se resolvió por el momento la producción de alimentos suficientes para toda la humanidad. Sin embargo, millones de habitantes están subalimentados y no tienen acceso al agua potable. El hambre, la pobreza y la destrucción ecológica no se resuelven con la producción industrializada. Millones de campesinos no tienen acceso a estas tecnologías por razones económicas, sociales y culturales. Los problemas que se adicionan a los anteriores son varios: el enfoque de uso intensivo de insumos industriales, semillas “mejoradas” (híbridas, transgénicas) fertilizantes y plaguicidas, maquinaria y energía fósil, abren huecos importantes en el terreno del cambio de uso del suelo, pérdida de la biodiversidad y de los suelos, de la agrobiodiversidad, y en la contaminación del subsuelo y, de manera global, pérdida de los servicios ambientales que proporcionan los ecosistemas naturales. Por ello, después de los avances y enormes problemas ambientales de la revolución verde es nece-sario emprender una segunda revolución con premisas totalmente distintas a las que subyacen en los estilos de desarrollo del Norte impuestos a los países tropicales.

Los pueblos indígenas del mundo suponen un total aproximado de 300 millones de habitantes y constituyen la mayor expresión de la diversidad cultural[4]. Los territorios en donde habitan estos pueblos contienen una biodiversidad enorme y aportan gran parte de la misma al inventario mundial. Sin embargo, los pueblos indígenas están perdiendo sus territorios y su biodiversidad, a pesar de que han sostenido una larga lucha para mantenerlos; grandes plantaciones forestales en monocultivo los desplazan de su territorio como es el caso de las grandes empresas forestales versus los Mapuches en Chile. Los patrones de consumo sistemáticamente propagados por los medios de comunicación masivos, erosionan la relación espiritual y los gustos y conocimiento de los pueblos indígenas. En efecto, los complejos saberes ambientales y los sistemas alimentarios en base a la biodiversidad, se van perdiendo a favor de productos generados en las economías de escala. La erosión genética que provoca el uso masivo de las semillas híbridas y transgénicas contiene peligros potenciales para el sistema alimentario mundial.

La pérdida de la biodiversidad también se ubica en el terreno de la agrobiodiversidad y los sistemas productivos integrados en los ecosistemas naturales. A esto se le agrega que compañías multinacionales productoras de semillas y medicinas están rastreando en todos los continentes la biodiversidad para revisar sus componentes químicos y genéticos para después patentar sus “descubrimientos” y cobrar regalías para su uso.

El uso no destructivo de la naturaleza, que incorpora a la producción, circulación y consumo en los saberes y culturas indígenas distintas a la occidental, basadas principalmente en la capacidad fotosintética de la biomasa del planeta, implica un replanteamiento de los fundamentos y de las relaciones sociales regionales, nacionales e internacionales.

Buscar una alternativa y un reposicionamiento frente a los procesos destructivos de la economía dominante no es sencillo. Las economías campesinas e indígenas basadas en la utilización de la biomasa como principal estrategia para obtener energía (alimentos, combustibles) tienen detrás de sí un conocimiento local y regional sobre los procesos y usos de la biodiversidad, que desborda aquel conocimiento científico enfocado hacia la ganancia en el mercado. ¿Cómo conjuntar el conocimiento científico y ambiental de los indígenas en un proyecto civilizatorio distinto[5], que respete los ecosistemas naturales y satisfaga las necesidades básicas humanas?

Esta guía está inspirada en el hecho de que las comunidades indígenas y campesinas en América Latina y en el mundo son portadoras de un conocimiento milenario sobre biodiversidad, plantas, animales, agua y clima. Son sociedades que de forma vital han basado su proceso civilizatorio material y energético en la biomasa y biodiversidad, con una manera específica de concebir la interrelación entre naturaleza y sociedad. De hecho autores como Bawa y Gadgil (1997)[6] reconocen a los indígenas como gente del ecosistema que conforman desde hace milenios paisajes culturales-naturales.

Asimismo, pretende construir alternativas para satisfacer las necesidades básicas con base en una racionalidad ecotecnológica[7] fundamentada en la productividad ecológica, en los saberes ambientales de las distintas culturas indígenas y campesinas, en la pluralidad cultural, el uso sustentable de la biodiversidad y la equidad social.

Algunas alternativas para el ecodesarrollo indígena que propone esta guía son:

  • Los acuerdos comunitarios para el manejo sustentable del bien común.
  • Las estrategias de conservación y mejoramiento del suelo,
  • El ciudadoso manejo del agua con sistemas de captación de agua y de la humedad residual,
  • La recarga de las cuencas y mantos acuíferos,
  • Los sistemas agroforestales, especialmente en laderas, como la principal estrategia agroecológica para generar empleo, seguridad alimentaria, conservar el suelo y agua, alimentar al ganado y a los humanos,
  • Las plantaciones forestales con la biodiversidad local, con base en la economía campesina indígena,
  • La gestión sustentable del bosque y las selvas naturales en cuanto al manejo de los recursos maderables y no maderables,
  • La valorización de los servicios ambientales generados dentro de una estrategia ecotecnológica (captura de carbono), manteniendo o aumentando sustancialmente la biomasa y la biodiversidad dentro de los territorios de los pueblos indígenas,
  • La custodia de la biodiversidad, exigiendo el respeto a los derechos de propiedad intelectual de los pueblos indígenas,
  • Una inserción en los “mercados justos” formando cooperativas poderosas, capaces de imponerse en las negociaciones nacionales e internacionales para hacer valer sus intereses.

En conclusión, se trata de buscar caminos para un proceso civilizatorio con base en la biomasa, en donde predomine el respeto profundo a las culturas, a la productividad ecológica y a las especificidades ambientales regionales.

 
     
TEMAS  
 

Cartilla 1. Los derechos indígenas a la biodiversidad

Cartilla 2. Fundamentos ecogeográficos de las áreas que habitan los pueblos indígenas de América Latina


[1] Vitousek et. al. , “Human appropiation of the products of photosyntesis”, en Bioscience , vol. 34, núm. 6, 1986 .

[2] J. Carabias y F. Tudela, “El cambio climático. El problema ambiental del próximo siglo”, en Desarrollo sustentable, año 1, núm. 9, semarnap, México, 1999.

[3] Meteorológica Mundial de las Naciones Unidas, wmo, núm. 896, Suiza, 1999.

[4] B. García-Romeu, A. López y H. Huertas, Los pueblos indígenas frente al nuevo milenio, Herramienta de trabajo para la participación indígena en la agenda ambiental internacional, watu-Acción Indígena, Madrid, 1998.

[5] Sachs I., Ecodesarrollo: desarrollo sin destrucción, El Colegio de México, México, 1982.

[6] Este manual se concibe como el vínculo entre otros textos básicos para la formación ambiental generados por el pnuma:
*Alier J. Martínez, Curso de economía ecológica, Serie Textos Básicos para la Formación Ambiental 1, 1998.
*Toledo, Economía de la biodiversidad, Serie Textos Básicos para la Formación Ambiental 2, 1998.
*L. Krishnamurthy y M. Ávila, Agroforestería básica, Textos Básicos para la Formación Ambiental, 3, 1999.
*M. Altieri y C. I. Nicholls, Agroecología: teoría y practica para una agricultura sustentable, Textos Básicos para la Formación Ambiental, 4, 2000.

[7] Bawa, K.S. y M. Gadgil, ‘’Ecosystem services in subsistence economies and conservation of biodiversity’’, en Daily G.C. Nature’s services. Societal dependence on natural ecosystems, Estados Unidos,1997,pp 295-310

 
     
 
 


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